Age shaming o miedo a envejecer

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En mis dos artículos anteriores te he hablado del miedo a no cumplir los cánones de belleza actual (body shaming) y de la manera en cómo estereotipamos a las mujeres que eligen tener una vida sexual promiscua (slut shaming).

Hoy me centraré en el age shaming que no es otra cosa que el miedo o avergonzarse a envejecer. Y es que cumplir años, se convierte en una pesadilla para algunas personas. En el momento en que llegamos a cierta edad, empezamos a ocultarla.

A priori, da la sensación de que estamos hablando de un tema superficial que solamente engloba nuestra apariencia física. Pero si rascamos un poco más, nos damos cuenta de que las consecuencias de vivir en una sociedad que ensalza valores como la juventud, la delgadez o la belleza occidental, está provocando mucho mas daño de lo que imaginamos.

Envejecer es sinónimo de algunos aspectos que consideramos negativos: cercanía a la muerte y a las enfermedades, jubilación, aislamiento y  rechazo, pero también es sinónimo de algunas características positivas que a veces olvidamos: sabiduría, experiencia, conocimiento y certeza.

Hace unas semanas conocí a Lucía, una bella mujer con algunas características del age shaming. Por un lado, desbordaba energía, vitalidad y sobre todo un gran deseo de disfrutar de su vida. Y de otro lado, se sentía muy ansiosa y con una especie de desasosiego por su edad.

Sus pechos operados, sus brazos y piernas musculadas revelaban el culto por el cuerpo. Después de un rato de conversación al tiempo que me confesaba su edad sottovoce: -“tengo 58 años”, -compartía sus preocupaciones: miedo a la soledad, miedo a una enfermedad, miedo a la pobreza y miedo a no volver a ser deseada a pesar de que su deseo sexual se mantenía vivo.

En cuestión de minutos percibí que, cualquiera que fuera el rol que yo escogiera como Mercedes-psicóloga o como Mercedes-persona, la respuesta hacia Lucía sería la misma, así que hablé desde mi parte mas emocional y compartí con ella mis puntos de vista:

El primero es el daño que pueden llegar a hacer los medios de comunicación y las redes sociales. A diario, nos bombardean con anuncios de cremas anti-envejecimiento como si fueran similares a la medicación para las enfermedades reumáticas o el alzheimer. Para colmo,  los modelos que anuncian esas pociones mágicas para mantenernos jóvenes, son hombres y mujeres con rasgos occidentales que además de ser muy jóvenes están retocados con conocidos programas informáticos como el photoshop.

Tengo la sensación de que ahora envejecer se está asociando a un padecimiento o a una enfermedad.

El segundo es la discriminación que sufrimos en el entorno laboral. Recientemente, recibí una invitación para impartir una charla y motivar a un grupo de empresarios para que contraten séniors, es decir a personas mayores de 45 años de edad.

La primera idea que se me pasó por la mente fue: ¿En qué mundo vivimos? Las personas entre 45 y 54 años  tienen la edad ideal para acceder a un puesto de trabajo por varias razones: madurez emocional, experiencia y conocimiento, entre otras muchas cosas.

El tercero es mi preocupación por la combinación de una serie de características que una vez sumadas configuran la identidad de una persona, veamos algunas combinaciones:

  1. Raza + pobre + persona mayor = ¿?
  2. Mujer + pobre + persona mayor = ¿?
  3. Nivel educativo + pobre + persona mayor = ¿?
  4. Nacionalidad + pobre + persona mayor = ¿?
  5. Lugar de residencia + pobre + persona mayor = ¿?
  6. Creencias culturales sobre la edad + persona mayor = ¿?
  7. Creencias religiosas + persona mayor = ¿?
  8. Orientación sexual + persona mayor = ¿?

Se podrían realizar otras combinaciones pero lo más importante son los resultados de las mismas, que no son precisamente positivos.

Lo cierto es que, los adultos mayores de origen racial y étnico diverso, los miembros de grupos minoritarios sexuales, las personas que viven en zonas marginales y los que están en desventaja económica a menudo sufren estigma, disparidades de salud, abuso, abandono e inseguridad económica.

El edadismo o discriminación hacia las personas mayores, un término acuñado por el psiquiatra Robert Butler en el año 1968, explica que este tipo de discriminación está basada en prejuicios y estereotipos relacionados con la edad.

Por suerte, en algunas culturas como la china las personas mayores son consideradas como sabias y son tratadas con mucho respeto.

Al terminar mi conversación con Lucía le dije que nosotras podríamos erradicar los estereotipos negativos derivados de la edad elaborando un sencillo plan de acción:

Primero, desechar nuestro cuerpo como factor prioritario de identificación, “somos mucho más de lo que aparentamos”, nuestro interior está lleno de sueños, experiencias, deseos, recuerdos, ilusiones y objetivos.

Segundo, anular de nuestro vocabulario algunas expresiones que lejos de hacer sentirse bien a una persona mayor de 45 años, lo único que hacen es etiquetarlas en un contexto y espacio en el que no se sienten cómodas para relacionarse: “Estás bien para tu edad” o “Nunca me hubiera imaginado que eras tan mayor”, “Estás hecho un chaval”, “Hace diez años tu tendrías treinta y cinco…“

Tercero, cambiar nuestra percepción sobre el envejecimiento. ¿Podríamos ver las arrugas y las canas como algo hermoso?

El resultado de la conversación fue infructuoso: mi amiga, deseosa de sentirse amada, decidió unirse a una aplicación para conseguir pareja. Y para evitar el rechazo,  se quitó diez años de encima. “-diré la verdad en el momento más apropiado.”-comentaba.

¿Y por qué no hablamos de actitud? Ahí está el quid de la cuestión, la actitud es que las personas de mediana edad y los mayores no se dejen influenciar por el entorno tan salvaje en el que vivimos, se acepten en su edad y que permanezcan activos en el medio en que se desenvuelven.

Hacía unas semanas había estado en un concierto de jazz y una amiga me dijo: “Ese señor debería estar en su casa”, apenas tenía unos sesenta años.

De manera errónea, suponemos que a los cuarenta años marcan el inicio de la decadencia, a los cincuenta queremos tener cuarenta y con más de sesenta es necesario aceptar la realidad de la edad con una actitud muy reivindicativa que permita alejarnos del estigma de la vejez cuando esta es entendida como una condena social encubierta.

Un amigo cercano a los sesenta hablaba de esa realidad cuando un lento cajero de un centro comercial -que no paraba de hablar y retener a los clientes- le llamó al orden por la forma tan atropellada con la que mi amigo arrimaba el carrito de la compra a la caja. “¡Ya es usted mayorcito para andar así! -Espetó el joven cajero- “¿Mayorcito? …Pues si, soy mayor…Eso es lo único sensato que le he oído a usted decir después de tanta verborrea…”

Para promocionar la diversidad intergeneracional con independencia de la raza, el sexo, orientación sexual, cultura o religión de una persona debemos  cambiar cómo pensamos y hablamos sobre la edad. Esto significa no solo la forma en que hablamos con otras personas, sino también en cómo hablamos con nosotros mismos.

Cuando somos más jóvenes, queremos crecer, avanzar  y olvidar y cuando somos mayores queremos decrecer, mirar atrás y recordar…¿En qué quedamos?

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