¿Por qué te identificas con un “hombre”, una “mujer”, “los dos sexos ”, “ninguno de los dos ”, o “los dos a la vez”? (Tercera parte)

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¿Por qué te identificas con un “hombre”, una “mujer”, “los dos sexos ”, “ninguno de los dos ”, o “los dos a la vez”?

Si estás cuestionando a que viene esta pregunta tan retorcida te invito a leer mis dos post anteriores: “Más allá de las palabras: el poder del lenguaje inclusivo” y “Cómo se relaciona el lenguaje inclusivo con algunas ciencias”.

Para darte una respuesta a la compleja pregunta que encabeza este artículo es necesario que tengas algunas nociones sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. Por eso te daré algunas pinceladas para entender la relación que existe entre el cerebro y el comportamiento sexual; entre el cerebro y la identidad de género y entre las conexiones neuronales y la actividad electroquímica de nuestro cerebro.

Relación entre el cerebro y el comportamiento sexual

Algunos estudios revelan que el hipotálamo  -parte del cerebro que está relacionada con la sexualidad, la alimentación, el consumo del alcohol, los comportamientos agresivos y otros medios de supervivencia- es más grande en los hombres que en las mujeres y más pequeño en los hombres homosexuales, las mujeres y en las personas transgénero.

Sin embargo, todavía no hay conclusiones contundentes sobre la influencia que tiene el tamaño del cerebro en los cambios producidos a través de nuestro comportamiento sexual.

Relación entre cerebro e identidad de género

En mis artículos anteriores te conté que el concepto de «identidad de género» es muy complejo dado que tiene muchas dimensiones y perfiles. Una de las más importantes es la relación que existe entre las características físicas de un hombre y una mujer, como por ejemplo las medidas físicas, la estatura o la fuerza, con la identidad que tiene cada uno de nosotros. Pero no necesariamente una mujer se tiene que sentir identificada con el rol que le ha asignado la sociedad en la que vive y lo mismo le sucede a un hombre.

En el mes de abril del año 2017, la Georgia State University publicó un estudio titulado “La identidad de género deja huella en el cerebro humano”. Para entender las principales conclusiones de este estudio es necesario abordar el concepto de epigenética.

A priori parece un término muy complicado pero en realidad es muy sencillo. La epigenética sostiene que los factores ambientales como la alimentación y el estilo de vida pueden cambiar la salud no solo de las personas que están expuestas a  los mismos, sino también de sus descendientes ¡Aunque parezca ciencia ficción es algo de lo que cada vez estamos oyendo hablar más!.

Los expertos en epigenética creen que las condiciones ambientales y las experiencias de la vida de nuestros padres, de nuestros abuelos e incluso de nuestros bisabuelos pueden funcionar como un interruptor que enciende o apaga los genes de un feto en proceso de desarrollo y por lo tanto, pueden modificar el código genético. Esto conlleva a que aparezcan rasgos genéticos nuevos en el seno de una sola generación y que estos se transmitan a los hijos, a los nietos e incluso a los biznietos.

Hay pruebas que indican que fumar y comer en exceso pueden afectar a los genes, activando o desactivando los que favorecen la obesidad y la longevidad.

Además del daño que provocan en las personas estas conductas pueden exponer a su descendencia al riesgo de padecer enfermedades y de tener muertes prematuras.

Forger, el responsable del estudio que mencioné antes, explicó que las marcas epigenéticas ayudan a determinar que genes pueden transmitirse de una generación a otra y que genes se expresan y, a veces, se transmiten de una célula a otra a medida que se dividen.

Por lo tanto, los comportamientos y las expectativas pueden verse reflejadas en las marcas epigenéticas que impulsan funciones y características biológicas tan diversas como la memoria, el desarrollo y la vulnerabilidad para adquirir ciertas  enfermedades.

Hasta ahora no habíamos pensado en las implicaciones ambientales de la identidad de género,  pero en la actualidad hay pruebas suficientes que sugieren que puede existir una huella epigenética para determinar el género.

Forger apunta que, sería extraño si este no fuera el caso, porque todas las influencias ambientales de cualquier índole pueden cambiar epigenéticamente el cerebro.

Relación entre las conexiones neuronales y la actividad electroquímica

Debido a que el cerebro no es un músculo, el tamaño es mucho menos importante que las conexiones neuronales, la actividad electroquímica y la manera en qué funciona. En este sentido, es importante destacar que las conexiones entre las áreas del cerebro pueden diferir entre los sexos, pero no sabemos cómo interpretarlas o cómo se relacionan de una manera muy significativa cuando hablamos de diferencias de género en la función cerebral.

La evidencia experimental nos ha ayudado a entender cómo está regulado el comportamiento sexual y algunos de los factores que influyen en nuestras preferencias.  Sin embargo, no podemos preguntar a una rata si se considera a sí misma como un macho o como una hembra, por lo que, no hay información básica sobre la identidad de género. El problema es obvio, para tener una comprensión clara sobre la identidad de género tendríamos que hacer experimentos con seres humanos.

Gran ejemplo: la hambruna china

Los investigadores han tomado como ejemplo a la sociedad china durante la Gran Hambruna china (1959 – 1961). Debido a la creencia que tenían muchas familias sobre la superioridad del hombre sobre la mujer preferían gastar sus limitados recursos en los niños; lo que tuvo como consecuencia que se produjeran tasas más altas de discapacidad y analfabetismo entre las mujeres sobrevivientes cuando alcanzaban la edad adulta. Esto demuestra que el estrés en la vida temprana puede ser una experiencia de género ya que cambia el epigenoma neural.

Un hombre de 44 años me comentó que a pesar de ser heterosexual no se sentía “macho” haciendo referencia a la virilidad que debería tener un hombre según los cánones en algunas sociedades.  Y, una mujer de 34 años, me expresó que no se sentía ni hombre, ni mujer sino simplemente una persona que siente y piensa.

La identidad de género impuesta en muchas sociedades, es decir, cuando estas delimitan de forma estricta los roles de los hombres y las mujeres, pueden impedir el desarrollo de una persona. Si una mujer no quiere ser madre, tener pareja o estudiar una carrera relacionada con el cuidado de las demás personas, no debería ser etiquetada por incumplir este mandato social.

Recuerdo el rechazo por parte de una mujer a un hombre que quería ser cocinero profesional. Ella, consideraba que él no cumplía los requisitos para encajar en un entorno social en el que los hombres deben ejercer carreras consideradas como “masculinas” como la ingeniería y la abogacía.

Con independencia de nuestra orientación sexual nos identificamos con los hombres, las mujeres, los dos sexos, ninguno de las dos sexos o los dos a la vez gracias a la combinación de una serie de factores: genéticos, ambientales, sociales y culturales.

Aunque aún no tenemos todas las respuestas para saber la relación que existe entre el cerebro y la identidad de género debemos sentirnos orgullosos por todos los conocimientos que tenemos sobre este tema en la actualidad. ¡Ahora sabemos mucho más que antes!

Y estos conocimientos nos deben llevar a reflexionar sobre nuestros prejuicios en relación a las diferencias de identidad de género.

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